close
AsiaMongoliaViajes

Mongolia: Bitácora de un tour atípico (parte 3)

Ongi monastery view

Día 5: Una noche en el hospital

Esa mañana nos despertamos con el calorcito de Gobi y con algo de pesar por tener que dejarlo.Ya que mi cuerpo seguía con arena por haber bajado rodando las dunas y no recibíamos una ducha en un par de días, decidimos pagar caro y ducharnos. De la ducha tibia, salía una hilerita de agua pero la disfrutamos tal como disfrutamos la cerveza el día anterior, como la última del desierto. Un lujo tener una ducha en Gobi.

Ya limpiecitos nos despedimos de la familia que vivía en ese terreno y haciéndonos señas con las manos, nos subimos al auto. Viajamos y viajamos sin parar, hasta que llegamos a otro pueblito que tenía un par de negocios, un colegio, algunas casas, juegos para niños y un hospital. Nos bajamos a comprar en un mercadito, cuando de repente vi a un niño de unos 4 años detrás de una moto. Él andaba acompañando a su abuelita, quien estaba haciendo las compras, mientras jugaba conmigo escapando de mis fotos. Se reía con una risa medio pícara alternada de ataques de risa. Cuando se reía, sus ojos se estiraban hasta casi no verlos y se cerraban por completo, como en las caricaturas. Es de las sonrisas mas lindas que he visto! Tenía piel morena y un poco manchada con el sol. Me despedí de mi pequeño modelo y continuamos camino hacia las flaming cliffs.

Nomad kid and his grandmother
Nomad kid and his grandmother in their motorcicle

Al llegar, vimos un puesto de artesanía al comienzo del parque y detrás del mostrador, ahí estaba mi pequeño amigo mongol, sonriendo y jugando con su auto rojo. Nos saludamos nuevamente y me repetía “hello”, “hello” y me saludaba con su manito. Caminamos siguiendo las flaming cliffs para ver las grandes quebradas. El paisaje no me impresionó tanto como había pasado con las White stupa, pero si era digno de apreciar. Era una formación de tierra con tonos café y rojo en donde me imaginaba al correcaminos pasando por ahí. La altura nos permitía sentarnos y desde ahí disfrutar del paisaje con los pies colgando como en un mirador. Pasando las flaming cliffs, a lo lejos se veían las altas montañas y el cielo un poco mas gris sobre ellas. Cuando llegamos del vuelta al puestito de artesanía, mi pequeño amigo se puso a jugar conmigo nuevamente queriendo que le sacara fotos para así el escapar de ellas. Cuando ya entró en confianza con la cámara fotográfica, es que comenzó a mostrarme todos los juguetes que encontraba a su paso, su autito rojo haciendo el sonido de “brum brum”, tomando una botella vacía de plástico, bombillas, piedras y todo lo que estaba ahí disponible para jugar. Me mostraba como jugaba con ellas y se reía con esa risa tan contagiosa. Se despidió de mi diciendo “bye bye”.

Ese mismo día continuamos de vuelta camino al pueblito donde había conocido a mi amigo y nuestros guías habían parado en un par de campamentos cotizando precios, pero al parecer todo les había parecido caro. Cuando llegamos al pueblito, la Maam que es de profesión enfermera, nos comenta que esa noche dormiríamos en un hospital. Lo primero que pensamos “será que dormimos en camillas?” “Si así fuera, que alivio seguro tiene baño”. Nos detuvimos en el frío, antiguo y celeste hospital rural y nos recibió la amiga enfermera de la Maam. Ella nos llevó al interior del hospital indicándonos donde dormiría cada uno. A las chicas las llevaron a una pieza con un montón de colchonetas y a mi y Tiago nos llevaron a una pequeña pieza, nos pasaron dos delgadas y viejas colchonetas, medio sucias y una manta para abrigarnos. Las chicas medio apuradas por ducharse y lavar su ropa, siguieron a la Maam hacia un sitio donde tenían duchas fuera del hospital. Y detrás de ellas, ahí estaba la niña que todo lo alegaba gritándole a la Maam y tensando una vez mas al grupo. Sí, las cosas se tensaron ese día.

Obviamente que el baño no era lo que esperábamos y era una vieja letrina de madera que quedaba a unos metros fuera del hospital. Así que en la noche era medio tétrico ir con la linterna al patio y caminar por fuera del hospital. Con Tiago paseamos por el pueblo pero como no había mucho para hacer, nos encerramos en nuestra pieza para enfermos, sacamos nuestro juego de cartas y pasamos algunas horas jugando buraco (juego brasileño). En ese lugar hacia tanto calor que otra vez nos tocó dormir con la ventana abierta así que escuchábamos a los borrachitos pasar por fuera del hospital y sentíamos nuevamente como los bichos caminaban por nuestro cuerpo mientras dormíamos. La verdad es que queríamos que pasara rápido esa noche porque era muy incomodo y el lugar poco pintoresco para un tour.

Día 6: Lo que quedó del monasterio

Tomamos desayuno con nuestras amigas de Hong Kong, quienes partirían de vuelta a Ulaanbaatar con Tumro en otro auto. Nos despedimos con cariñosos abrazos, dejamos el hospital y cada grupo siguió su propio camino. Ese día nuestro destino era le monasterio de Ongi, un antiguo monasterio del año 1660, uno de los más grandes de Mongolia y donde vivían más de 1000 monjes, al rededor del año 1900. Hoy en día queda solo una pequeña parte que fue reconstruida e inaugurada el 2004 y el resto son solo ruinas. Antiguamente el monasterio estaba compuesto por 11 templos en la zona sur y en la zona norte habían alrededor de 17 templos. Dentro de este también habían 4 universidades donde los monjes podían estudiar.

Monasterio Ongi
Ongi monastery

Se deben estar preguntando porque solo encontramos ruinas cuando fuimos. Alrededor de los años 30 llegó el comunismo a Mongolia liderado por Khorloogiin Choibaisan, quien en 1939 dirigió la destrucción total del monasterio, donde 200 monjes fueron asesinados a sangre fría. Los que sobrevivieron al ataque, fueron forzados a trabajar o los encarcelaron. Más del 50% de la población masculina de Mongolia en ese entonces era de monjes budistas y más de 3000 fueron asesinados en todo el país. Las personas que vivían alrededor del monasterio, se vieron obligados a dejar sus casas y trasladarse a otro lugar para nunca más volver, ya que hoy sus alrededores pertenecen al turismo.

Recién en los 90, con la caída de la Unión soviética y con la caída del comunismo en la región, fue que 3 de los monjes que sobrevivieron al ataque por parte del gobierno 60 años atrás, decidieron volver y reconstruir lo que ya estaba en cenizas. Su intención es reconstruir aunque sea a paso lento lo que alguna vez fue el monasterio Ongi y volver a difundir el budismo tibetano en Mongolia.El pequeño templo reconstruido es el que uno como turista puede visitar.

Cuando llegamos al campamento y nos dijeron que íbamos a visitar un monasterio y de los pocos que quedan y que han sobrevivido al paso del comunismo, nosotros nos imaginamos un templo de esos que ves en Japón. Después de unos minutos caminando, ahí estaba nuestro pequeño templo con casi todo en ruinas a su alrededor. No quedaba casi nada en pie salvo el templo al centro y una que otra estructura que podría tener forma. Frente al templo había una pequeña construcción de madera a la cual puedes subir y ver el paisaje árido, con montañas al fondo y grandes rocas a sus pies. En la parte de atrás del templo se pueden ver algunas construcciones de piedra que alguna vez fue algo y unas banderitas azules típicas de las que se ve en Mongolia.

Cuando uno se para frente al monasterio, puede llenarse de esperanza y pensar que como un fénix renació entre las cenizas o tal vez solo nos recuerde los errores que los seres humanos han cometido en la historia y de los cuales debemos aprender para no volver a cometerlos en el futuro.

Con Tiago nos pusimos a caminar por el desolado terreno con un rostro de tristeza y desilusión por lo que ahí ocurrió un día, por todo ese sufrimiento y destrucción. Se podía sentir una especie de vacío en el entorno a pesar del hermoso paisaje. Cuando entramos al templo, una luz de energía apareció después de tanta tristeza, el templo estaba vivo y lleno de colores, característico de los templos budistas tibetanos. Al fondo se encontraba el altar con un Buda pequeño dorado y una larga alfombra roja que te conducía a él desde la puerta de entrada. A los costados de la alfombra se veían pequeñas alfombras con algunos instrumentos y algunos objetos coloridos justo antes de llegar al altar. Habían fotografías de los diferentes Dalai lamas en la pared, enmarcados en un marco de madera y apoyados sobre una mesa del mismo material.

Al centro del templo el cielo era más alto que el resto de la habitación. En ese espacio se formaba un cuadrado más alto y en cada lado del cuadrado habían colgadas imágenes religiosas de colores como dibujadas sobre cuero de animal, debe haber habido unas 12 aproximadamente. Siguiendo esa parte más alta, en cada esquina del cuadrado bajaban 4 pilares rojos con detalles de colores. Y colgando de ellos, paños bien coloridos, rojos, naranjos, amarillos, etc.

Saliendo del templo y a un costado de este, había un ger utilizado como museo, habiendo en el interior algunos artefactos pequeños, una pequeña ropa antigua y desteñida, que utilizaban los lamas cuando niños y que hoy las guardan como reliquias. El museo estaba decorado con los mismos géneros de colores colgando desde el centro. Lo recorres en un minuto si vas lento.

Volvimos a nuestro campamento y nos siguió una intensa lluvia, así que decidimos refugiarnos y disfrutar del aroma a tierra mojada, escuchar el sonido de la lluvia y dormir.

Tags : budgetdesiertomongoliatourTravellingviajes

Leave a Response

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.